«Y llamó José a su hijo mayor Manasés, porque dijo: Dios me hizo olvidar todos mis sufrimientos y a todos los de la casa de mi padre.» Génesis 41:51
La historia de José es impactante. Fue vendido por sus hermanos, terminó como esclavo de Potifar, luego fue a parar a la cárcel por falsas acusaciones, y después de trece años de sufrimiento, al fin Dios lo reivindica y termina siendo gobernador de Egipto. En medio de esta etapa de restauración, de recompensa, de retribución divina, nació su primer hijo y lo llamó Manasés, que en hebreo significa hacer olvidar.
La palabra olvidar en hebreo es nashá que significa echar al olvido, remitir, remover. José no perdió la memoria, lo que perdió fue el dolor. Él siempre recordó a su padre y a sus hermanos, jamás pudo olvidarlos. Su amor por su familia era tan profundo y constante que los perdonó de manera sobrenatural.
José dijo que fue Dios, y solo Él, quien lo ayudó a perdonar de esa manera. “Dios me hizo olvidar” y “removió el resentimiento” de mi corazón. Esto fue evidente cuando se reencontró con sus hermanos, y después de probarlos, les dio abrigo, vivienda y alimento en Egipto. Me imagino lo feliz que se sentiría José cuando les presentó a su hijo Manasés. Seguramente toda la familia supo enseguida lo que significaba su nombre.
Dios es el que sana nuestras heridas y las transforma en cicatrices. Tal vez tengamos muchas marcas físicas de accidentes o golpes. Incluso podemos tener otras en el corazón producidas por personas o situaciones que nos lastimaron, pero Dios es nuestro Sanador.
Dios nunca dijo que obraría en nuestra memoria al punto de hacernos olvidar toda circunstancia difícil. Lo que sí nos prometió es quitarnos el dolor. Las cicatrices que nos queden serán testimonios de su obra restauradora.
¿Cómo está tu corazón? ¿Hay recuerdos que todavía te duelen? ¿Hay personas, lugares o situaciones que al recordarlas te producen cierta angustia? Puede ser difícil traer a la luz esas situaciones desgarradoras, pero vale la pena si sigues el ejemplo de José: entregarle a Dios el dolor que no puedes manejar y permitirle hacer un milagro en tu corazón.
Cortesía Pastor Pablo Giovanini
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