Dar gracias a Dios en medio de las temporadas difíciles puede que te parezca incongruente, pero es la mejor forma de calmar y suavizar esos momentos en que somos embestidos por grandes tormentas.

Muchas veces solemos dar gracias a Dios sólo cuando responde una de nuestras oraciones más anheladas, o comenzamos a vivir un tiempo de abundancia, pero ¿qué pasa de los tiempos oscuros, donde el alma se quiebra y solo nos queda el refugio de su presencia? Allí también debemos ser agradecidos.

Es una ley universal y un principio divino que la gratitud nos abre puertas; pero también suele darnos esa sensación de bienestar en medio de cualquier conflicto.

Por ejemplo, con la partida física de mi padre pasé muchas noches de dolor y desesperación, de rabia e insatisfacción, hasta que un día comprendí que si vivía atada a

ese sentimiento no iba a poder sanar y estaba siendo egoísta, sin dar gracias a Dios por el tiempo que me permitió vivir con él.

Y cuando comencé a ser agradecida con Dios por el padre que me dio, allí logré apaciguar el dolor. La forma en cómo empecé a agradecer al Señor por los años vividos con él, por los momentos, por todo lo que significó para mi vida, me ayudó a ser libre de ese dolor.

La biblia dice en 1 de Tesalonicenses 5: 16 Estad siempre gozosos. 17 Orad sin cesar. 18 Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.

Sí que puede parecer difícil estar siempre alegres en cada situación, pero un corazón agradecido nos hará ver la vida de otra manera y comenzaremos a apaciguar las temporadas difíciles.

La historia de los leprosos

En la biblia hay una historia que me conmovió mucho, la encontramos en Lucas 17: 11-19. Es la historia de los diez leprosos que fueron sanados por el Señor.

En medio de este relato, dice la biblia que eran diez hombres que pedían misericordia del Señor para ser sanos. Para ese tiempo la lepra era una de las peores enfermedades, tanto así que estos hombres no podían acercarse a Jesús ni a nadie, pues la condición en la que vivían no les permitía eso.

Por ello es que gritaban: 13 y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!

Dice la biblia que fue tanto el grito de estos hombres que captaron la atención de Jesús, y desde allí el Señor comenzó con el proceso de milagro, por eso les dijo:

14 Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.

Los hombres fueron sanos por el Poder del Señor Jesucristo, tal y como ellos lo anhelaban. Después de haber sido una escoria para la sociedad, ahora se encontraban limpios y sanos.

Ahora bien, lo que rescato de estos hombres es que ninguno volvió al Maestro para dar gracias, sino que más bien uno solo se postró ante Jesús. En el versículo 15 dice que uno solo de ellos regresó para glorificar a Jesús que les otorgó su sanidad.

Esto me habla de una generación de personas ingratas que no valoraron el tiempo, o el poder del Señor que los sanó. Así como pasó con ellos, pasa muchas veces hoy en día en nuestras vidas.

Queremos vivir una vida llena de ingratitud con Dios, quejándonos por lo que no tenemos o no alcanzamos, pero olvidándonos de lo que Dios nos ha dado.

He escuchado personas decir que jamás quisieran tener otro hijo, como si el que tuvieran fuera una carga, una maldición o un pesar muy grande.

Comúnmente escuchamos personas quejarse por todo, pero pocas veces levantan su voz de agradecimiento. Se dejan embaucar por la amargura, por la tempestad, por el conflicto, pero no pueden lograr ver las bondades que Dios ha depositado en su vida.

Es por ello que Jesús exclama: 17 Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? 18 ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? 19 Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

Incluso, hay personas que ni siquiera son agradecidas con las personas que están a su alrededor. Mujeres que pasan todo el día quejándose de sus maridos, pero no agradecen el hombre de Dios que tienen en casa.

Personas que se quejan por lo que comen, o lo que tienen, sin pensar en que habrá otros que difícilmente se llevarán un bocado de pan a la boca.

No hay nada más espantoso que la ingratitud, pues está siempre esconde soberbia, amargura y frustración. Todo aquel que es ingrato tiene una insatisfacción personal con su propia vida y no verá la vida misma como un milagro otorgado por Dios.

La mejor forma de vencer la oscuridad es siendo agradecidos, es entendiendo que Dios es capaz de bendecirnos en todo momento y es reconociendo lo que el Señor ha hecho por nuestras vidas.

Vuelvo al ejemplo de la muerte de mi padre; pude haberme quedado con la sensación de que Dios fue injusto y se lo llevó antes de tiempo; o pude haber tomado el camino correcto de agradecerle al mismo Dios por el hombre que puso en mi vida para guiarme, protegerme y llevarme por el camino del bien.

Y es que realmente por más difícil que sea la prueba, solo uno tiene el poder de apaciguar el dolor a través de nuestra fe, nuestra conducta y oración. Y no sé trata de mentir o aparentar, se trata de entender que por más difícil que parezca, Dios sigue siendo fiel.

No permitas que la ingratitud domine tu corazón; da gracias Dios por todo lo que te da y sé agradecido con tu entorno, tu familia, tu cónyuge, tus hijos. Ser agradecidos nos hará vivir siempre en bienestar emocional, sin complejos, libres de amargura, y siendo siempre personas capaces de soportar la tormenta.

Escribe en una hoja las razones por las cuales eres agradecido, y verás cómo tu alma va cambiando. Podrás suavizar los tiempos difíciles con un espíritu agradecido.